Cuando mamá se marchó nada ni nadie cambió, salvo papá.
Han pasado diez años desde entonces. Diez años en los que volqué todo mi tiempo y dedicación en la tarea que mamá me encomendó: escuchar.
En una ciudad es imposible aburrirse, o al menos complicado, hay mucho por escuchar. Las calles están abarrotadas de gente, y aunque nadie conoce a nadie, todos hablan en voz alta como si estuvieran en su propia casa.
Era en el metro donde escuchaba las conversaciones más reveladoras e interesantes. Además tenía mucho tiempo para escuchar, y es que el instituto no quedaba cerca de casa, y puesta a ser sincera he de reconocer que muchas veces me quedaba dormida.
Las palabras entremezcladas de la radio de fondo, junto al calor que desprendía la calefacción y el suave balanceo del vagón me causaba una sensación muy relajante, casi balsámica, hasta el punto de dejar atrás mi destino y darme cuenta pasados muchos minutos e incluso kilómetros.
Mis conversaciones favoritas se daban entre las señoras entradas en edad. Resultaba muy gracioso escuchar lo vagos, aburridos e inútiles que eran sus maridos, y la seriedad y convicción con la que lo relataban.
Me preguntaba por qué seguían casadas. Por qué no se marchaban como mamá, por que aguantaban en ese estado de letargo continuo y no comenzaban a vivir… ¿sabían que vidas solo hay una?
Yo nunca seré tan estúpida como para dar todo o parte de mi vida a una persona que no me aporta nada. A veces pienso que fueron estas señoras y sus conversaciones las que me ayudaron a comprender la decisión de mamá. Seguro que quería vivir su vida, su propia vida, y seguro que papá se lo impedía, y también yo. Seguro que nos dejó por ese motivo, y sinceramente no le guardo rencor.
También me entretenían las conversaciones de los señores. Siempre tan risueños ellos. Comenzaban hablando del tiempo del fin de semana. No sé que costumbre era, no la comprendía, pero prometo que era lo más parecido a un ritual: pronóstico del tiempo, situación del trabajo, últimos acontecimientos deportivos, y… la mujer.
La mujer salía mucho, la mujer hablaba demasiado, la mujer derrochaba en exceso, la mujer trabajaba lo justo, la mujer limitaba su tiempo de ocio… ¡pero eran tan risueños!
Resultaba muy curioso porque lo contaban entre risas. Relataban una vida de catástrofes, infortunios y aventuras descafeinadas pero parecían felices, cual fiel perrito que anhelante espera su mugriento y sucio hueso de las manos impolutas de su soberana propietaria. Los hombres me repugnaban.
Dicen que generalizar no está del todo bien, o al menos no es justo, pero se hace harto complicado pintar un edén cuando un día tu lienzo desaparece y tu paleta de colores se vuelve gris.


Bueno me parece que este y el dos son de los textos mas tristes que he leido en tiempo. Nunca pense que volveria a llora de pena por un escrito; lo has conseguido. La primera vez fue con Caballo de Troya 1 y 2... te lo recomiendo.
ResponderEliminarBueno felicitarte por tu tarea y estoy esperando ansioso la cuarta edicion.
cuidate y sigue asi
Gracias por la recomendación lenision. No era mi intención hacerte llorar, verás como poco a poco la historia se vuelve un poquito más alegre, o al menos eso creo...
ResponderEliminarUn abrazo!