Nunca he temido a la soledad. Una vez escuché decir… “no es la misma soledad la voluntaria que la obligada”. En este caso escribiré sobre la soledad voluntaria.
Nunca he temido a la soledad, ni a la oscuridad, ni a los espacios abiertos… me acostumbraron a estos ambientes desde pequeñito. Recuerdo las visitas casi semanales al cementerio cogido de la mano de mi padre. Recuerdo que caminábamos por sus gastados adoquines grises y de vez en cuando parábamos… entonces comenzaba una historia de un hombre, de un niño, de una señora… el resumen de una vida en treinta segundos y poco más de noventa palabras…
Algunas veces regaba las plantas. Iba a por agua a la única fuente que había en el recinto, viejísima, oxidada y aburrida por el paso del tiempo y defendida de los foráneos por todo un escuadrón de avispas, mosquitos e insectos varios. Iba muy despacito, mirando constantemente hacia atrás para no perder de vista a mi padre, llenaba la misma botella de plástico de siempre y volvía a toda prisa. Otras veces mientras mi padre conversaba con los otros visitantes jugaba con las ramas de los cipreses, con sus frutos. Alguna vez llevaba las bolitas a casa, frotándolas contra un papel blanco se conseguía un verde intenso.
Hace unos días pasaba por allí y volví a entrar. Los viejos adoquines grises habían dejado su sitio al caliente y pegajoso asfalto, los cipreses se habían marchado en favor de la comodidad y la “higiene”, la fuente había sido sustituida por grifería de cierre automático… pero se respiraba la misma tranquilidad. Aire fresco, una gran montaña al frente y silencio, mucho silencio.
Estaba en mi sitio habitual, con la mirada puesta donde siempre cuando se acercó una señora mayor. Abrió una puertecilla de metal y comenzó a conversar. Miré hacia los dos lados de la calle pero no vi a nadie…
- Mamá… ¿cómo estás?
- ¡Qué día de calor hace hoy! ¿Sabes? ¡Ha hecho un verano buenísimo! Ahora hay muchas lluvias… ¡mucha agua! es buena el agua, el agua es muy buena, es bueno que llueva mucho…
- Mamá ya estoy aquí…
- Qué día de calor hace…
La señora cogió un pequeño recipiente de cerámica y fue hacia el grifo de la calle. Cuando pasó a mi lado se me quedó un tiempo mirando y preguntó… “¿a quién tienes?” pregunta que dio pie a una conversación, aunque no se prolongó mucho tiempo… no estoy acostumbrado a conversar en aquel lugar.
Siempre era yo el que escuchaba las historias, el que era llevado de la mano… nunca tenía que mostrar nada a nadie. Fue una sensación nueva, y como tal… extraña.
Como he comentado alguna vez intento disfrutar de la vida al máximo, sin prejuicios, sin conceptos preestablecidos, sin miradas… nunca he temido aquel lugar, estoy acostumbrado… nunca he temido a la conversación, es el ejercicio de aprendizaje más antiguo, enriquecededor y menos valorado que existe… nunca he temido a la muerte, la experiencia me dice que por algún motivo, desconocido en la mayoría de los casos, todo cambio es necesario…
Os dejo con un texto de un señor al que admiro mucho… Julio Llamazares.
Sed felices.
"Hasta los veinte o treinta años, uno cree que el tiempo es un río infinito, una sustancia extraña que se alimenta de sí misma y nunca se consume. Pero llega un momento en que el hombre descubre la traición de los años. Llega siempre un momento -el mío coincidió con la muerte de mi madre- en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por un rayo. A partir de ese instante, ya nada vuelve a ser igual que antes. A partir de ese instante, los días y los años empiezan a acortarse y el tiempo se convierte en un vapor efímero -igual que el que la nieve desprende al derretirse- que envuelve poco a poco el corazón, adormeciéndolo. Y, así, cuando queremos darnos cuenta, es tarde ya para intentar siquiera rebelarse.” (Julio Llamazares, "La lluvia amarilla"),


Bueno Pascual me encanta tu sutileza a la hora de escribir, eres genial. Y el libro que has puesto parece interesante me lo tengo que leer. Gracias por estos ratos de lectura.
ResponderEliminarGracias por la visita Pedro.
ResponderEliminarEsta semana tengo que dejar el libro en su casa (la biblioteca municipal). Si te animas pídelo prestado, seguro que te encanta.
Ayer no pude quedarme mucho tiempo después del concierto. Me han comentado varias personas que fue apoteósico, probablemente por el ruido que hicimos... jejeje
Nos vemos viernes. Un abrazo.
¿A quién tienes?
ResponderEliminarNo es necesario tener a nadie, a veces, estamos nosotros mismos, con ese silencio impuesto, condenados para siempre en la soledad más absoluta.
Y todos los días, a cualquier hora va minando nuestras vidas, como el repicar de las campanas (esas campanas que tan magníficamante resonaron el pasado viernes), pero después...se hizo el silencio, y ese silencio sin tener unos ojos a los que mirar, a nadie con quien hablar para compartir tus sentimientos, y así, día tras día hace que uno se pregunte: ¿qué es lo que tengo?
"Debo tener una gran fuerza interior que es la que me ayuda a seguir viviendo"
Un saludo,
Sólo hay una forma de escapar del tiempo y es aprender a vivir el Ahora. Si conseguimos fijar nuestra atención en lo que estamos haciendo en el preciso instante del ahora, sin acordarnos del pasado y sin pensar en el futuro para no crearnos preocupaciones innecesarias, entonces ese misterio al que llamamos tiempo se ralentiza, fluye despacio llenándolo todo. Sólo he logrado eso alguna vez.
ResponderEliminarCoincido al cien por cien con Flor de Lis. Cuando en la vida, con la edad, vas perdiendo a la familia y en ocasiones pasas días sola, te das cuenta de que te tienes a ti mismo y eso es un tesoro. Es bonito estar sola, es bonita la soledad buscada, no impuesta.
Me encanta como escribes, Pascual. Los cementerios siempre me han parecido lugares bellísimos donde las historias de muchas personas se detienen y empiezan otras. De pequeña veía un cementerio desde mi ventana. Era misterioso ver como algunas noches la luz de las ventanas de algún edificio dentro del recinto permanecían encendidas. Siempre me preguntaba quién estaría en esa luz...
Flor de Lis desgraciadamente tengo a muchos familiares, aunque el más sentido es mi abuelo.
ResponderEliminarEstoy muy de acuerdo en tu frase "Debo tener una gran fuerza interior que es la que me ayuda a seguir viviendo". Creo que todos, en el fondo, lo único que tenemos es a nosotros mismos, y a veces ni eso... Luego hay "personitas" que van moldeando (para bien o para mal) nuestro mundo interior, pero sin lugar a dudas el componente más importante de ese mundo somos nosotros mismos.
He de reconocer que en ese "condenados para siempre" no estoy muy de acuerdo. Nunca me gusta decir nunca.
Marta me ha gustado muchísimo tu reflexión sobre el tiempo. Sin lugar a dudas el pasado/futuro influye en nuestra vida presente, sería maravilloso que no fuera así. Es un ejercicio realmente complicado.
Me ha dejado un poco intrigado el asunto de la luz... ahí hay tema para escribir un texto, como poco... ;)
Feliz puente
Es difícil, pero merece la pena intentarse. Hay literatura sobre el tema, ya te comentaré.
ResponderEliminarLo de la luz es realmente intrigante. Hace unos meses, durmiendo una noche en casa de mis padres, en la habitación donde dormía de niña, había tormenta. Me asomé a la ventana y el cementerio se iluminaba con los relámpagos. Una luz brillaba a través de una de las ventanas de un edificio entre las tumbas... ¿Quizá el guardés? Y los muertos, ¿qué hacen cuando nadie los mira? Jeje, desde luego que da para un texto... siempre me ha cautivado esa luz ; )
Me interesa mucho esa literatura, si fueras tan amable... ;)
ResponderEliminarTu comentario me ha recordado a una lectura que hice hace muchos años. Igual es una tontería, pero vamos que no me voy a quedar con las ganas de decirlo, jeje. La lectura trataba sobre los fuegos fatuos. Seguro que has escuchado hablar de ellos aunque no se si se corresponden exactamente con tu experiencia.
Leemos en Wikipedia...
"Un fuego fatuo (en latín ignis fatuus) es un fenómeno consistente en la inflamación de ciertas materias (fósforo, principalmente) que se elevan de las sustancias animales o vegetales en putrefacción, y forman pequeñas llamas que se ven andar por el aire a poca distancia de la superficie, especialmente en los lugares pantanosos y en los cementerios. Son luces pálidas que pueden verse a veces de noche o al anochecer. Se dice que los fuegos fatuos retroceden al aproximarse a ellos. Existen muchas leyendas sobre ellos, lo que hace que muchos sean reacios a aceptar explicaciones científicas."
Esa última pregunta es escalofriante... como poco!